Walker Percy

La conjura de los necios o la persistencia de una madre

La historia de la literatura universal está llena de anécdotas curiosas. También está repleta de historias tan singulares y afortunadas (sobre todo para nosotros, los lectores) como esta que, a continuación, paso a relatar.

Walker Percy era un reconocido escritor, filósofo y médico norteamericano que se hallaba dando clases en la universidad de Loyola (Nueva Orleáns), allá por 1976, cuando un día comenzó a recibir insistentes llamadas telefónicas de una mujer desconocida para él hasta ese momento.

Percy calificaba como “absurdo” el propósito de la señora, que no era otro que leer el manuscrito de una novela escrita por su hijo. Desconozco la causa de que al señor Percy le pareciera absurda tal cosa, a no ser que lo diga por la particularidad de que el hijo de esta mujer se había suicidado siete años atrás.

En un principio Percy intentó escaquearse como buenamente pudo de la lectura. Debemos entender que un intelectual reconocido como él probablemente tuviese un buen número de peticiones similares a lo largo del año, y no debe ser nada agradable romper las ilusiones de las personas, especialmente si las ilusiones son de la madre de un joven escritor ya fallecido. Pero Thelma (así se llamaba dicha señora) fue tenaz y persistente, y un día se plantó en el despacho del profesor con un montón enorme de papeles (papel carbón ya difícilmente legible, para ser más exactos) que depositó sobre su mesa. Al bueno de Walker, un tipo educado y cortés, no le quedó otra que aceptar a regañadientes.

Como él mismo narra en el breve prologo de la novela, se dispuso a leer unas cuantas páginas por compromiso para convencerse de que la historia era lo suficientemente mala como para dejarla a un lado sin remordimientos, así que comenzó a ojear los primeros párrafos y tuvo la sensación de que no eran malos en absoluto. Continuó y crecía el interés, después el entusiasmo y, al final, el asombro. La novela era condenadamente buena; una jodida obra maestra.

Esa novela lleva por nombre “La conjura de los necios” y es, de lejos, uno de mis libros favoritos así como uno de los libros de cabecera de nombres muy reconocidos en el mundo de la comedia en este país como Arturo Fernández Campos y muy especialmente Ignatius Farray, que incluso inspira su personaje en Ignatius Reilly, el grotesco protagonista de esta maravillosa historia. Su autor, el joven John Kennedy Toole, era un tipo absolutamente brillante. Graduado Cum Laudem en la universidad de Tulane en la que más tarde daría clase, escribió este libro alrededor de 1962 para posteriormente ofrecerle la publicación a la editorial Simon & Schuster que en un principio se vio interesada pero que finalmente rechazaron porque “en realidad no trata sobre nada”. Hay quien asegura que al final se rajaron porque el libro hablaba sobre asuntos que no se querían escuchar en Norteamérica en aquellos tiempos (en aquellos, dicen), y yo me inclino en este sentido. De lo contrario es inexplicable tamaña bisoñez.

John, convencido de que su libro era magnífico se llevó el palo de su vida al perder la esperanza de publicar y poco a poco entró en una depresión terrible que lo llevo a una vorágine autodestructiva de decadencia emocional y alcohol. Dejó de acudir al trabajo y finalmente, el 26 de Marzo de 1969 (el día de la publicación de esta reseña se cumplen 52 años) se apeó de la vida empalmando una manguera desde el tubo de escape a la ventanilla de su coche. Al parecer dejó una nota de suicidio que su propia madre destruyó y de la que después sólo hizo algunos apuntes un tanto confusos sobre su contenido. Algún biógrafo insinúa que la estricta educación de Thelma Toole, en lo que a sexualidad se refiere, pudo tener algo que ver con algún trastorno emocional de John, pero eso son cosas que poco nos importan en este espacio porque el señor Toole ya no está para corroborarlo o desmentirlo.

Gracias a la persistencia de Thelma y a los contactos de Percy la novela se publicó en 1980 con enorme éxito e inmediatamente, al año siguiente, ganaría póstumamente el premio Pulitzer.

Si todavía no ha caído en vuestras manos, no dudéis en leerla porque es deliciosa, inspiradora y divertida a partes iguales y tampoco está exenta de la tristeza y la crudeza que encerraba (y encierra) este sistema en el que nos ha tocado vivir.

Thelma Toole
Thelma Toole

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