La Biblioteca de Alejandría: auge y caída de la ciencia.

Intentar abordar brevemente la historia que nos disponemos a narrar para que la puedas leer en un instante, mientras tomas un café o esperas el bus, es una tarea atrevida. Pero nos parece interesante que, si no la habías descubierto hasta hoy o simplemente habías leído o escuchado un poco sobre ella por encima, la conozcas un poquito más en profundidad, porque merece la pena saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

La historia de la biblioteca de Alejandría es un perfecto ejemplo de lo voluble e inestable que es el género humano en su conjunto y de cómo una nueva involución siempre puede estar a la vuelta de la esquina. Incluso ahora. Pero vamos al lío rápido por si nos interrumpen.

El gran Alejandro Magno, rey de Macedonia, se lió la manta a la cabeza muy joven y comenzó su conquista de buena parte del mundo conocido allá por el 334 a. C. Lo hizo sobre todo como fría venganza contra los persas por las ofensas y enormes daños causados al mundo griego unos cien años atrás. En apenas tres años, el joven Alejandro había derrotado y conquistado ya una buena parte del basto imperio del rey Darío y se había plantado con su ejército a las puertas de Egipto. El país de las pirámides lo recibió como a un auténtico libertador, pues estaban tan hartos de ser una satrapía del imperio persa que el joven macedonio se antojaba un gobernante más apetecible para el pueblo del Nilo. Alejandro fue nombrado faraón y así, aparte de líder de medio mundo, se convertía también en un dios viviente. El rey Macedonio, agradecido y seguramente un poco subidito, fundó Alejandría en el 331 a. C. en un antiguo pueblo de pescadores llamado Rakotis, situado en un lugar privilegiado del delta del Nilo, con la intención de hacer de esta ciudad la máxima representación de su pasión por la cultura helénica.

Extracto del Mosaico de Issos donde aparece Alejandro Magno guiando a su ejército en la batalla con el rey Darío.

Hay que comentar que Alejandro fue discípulo de Aristóteles en su niñez, que a su vez fue discípulo de Platón y este, a su vez, de Sócrates, así que no es complicado deducir que las inquietudes culturales y filosóficas del gran conquistador ocupaban algo más que un pequeño espacio en su interior. Aristóteles le enseñó que el conocimiento era la mayor de las fuerzas de un imperio, y el discípulo asimiló esta enseñanza como un dogma. Pero entre el agotamiento, las heridas y probablemente algo de veneno, la muerte le llego rápido al monarca (323 a. C.) y no pudo ver cómo la ciudad que llevaba su nombre comenzaba a crecer.

Tras el fallecimiento del conquistador, sus generales se repartieron a espadazos el imperio que pocos años antes habían conquistado juntos y Egipto se lo quedó Ptolomeo, uno de los generales favoritos de Alejandro.

Ptolomeo I tomó como propia la visión de su comandante y decidió continuar con la idea de hacer de Alejandría el centro de la intelectualidad mundial. Hay fuentes que nos cuentan que la idea de almacenar todos los libros conocidos pudo ser una sugerencia de Demetrio de Falero, un estadista ateniense, pero en realidad para el caso que nos ocupa esto no tiene demasiada importancia.

Ptolomeo ordenó construir un gran complejo dentro de su propio palacio real: El Museion. Como su nombre indica estaba dedicado a las musas y en su interior se ubicaría la propia biblioteca, con la susodicha intención de albergar todo el conocimiento del mundo. Pero es francamente complicado saber con certeza dónde se hallaba este emplazamiento. Las pocas fuentes que se conservan, dan por hecho que el lector conoce perfectamente donde está, cosa comprensible, y poco se puede dar por seguro aparte de que dicho palacio se encontraba situado en una pequeña península en la zona mas rica de la ciudad, es por esto mismo que una de las teorías mas extendidas de donde pueden estar sus restos en la actualidad es, precisamente, bajo el mar.

Ptolomeo y toda la dinastía Ptolemaica posterior, en especial su hijo Ptolomeo II que fue quien realmente consiguió que la biblioteca comenzará a funcionar a toda máquina, se tomaron muy en serio su cometido. Una de sus primeras acciones fue escribir una carta a todos los soberanos del mundo conocido con la intención de que estos enviaran a la ciudad todas las obras escritas que pudieran reunir por todos los métodos posibles. Daba igual el género, daba igual el autor, todo lo que estuviera escrito sobre papiro debía llegar a Alejandría al precio que fuese. Con este mismo empeño se compraban bibliotecas enteras y otras eran donadas. Cuentan que incluso la biblioteca personal de Aristóteles terminó sumándose a la de la ciudad.

Pero no se quedó ahí la cosa. En poco tiempo Alejandría y su magnífico puerto natural se convirtieron en una parada obligatoria para los miles de barcos que surcaban el Mediterráneo, (por lo visto Ptolomeo II mandó construir un faro que no estaba nada mal) y todos y cada uno de los barcos que atracaban en la ciudad eran registrados por el cuerpo aduanero del momento. No buscaban armas o drogas de contrabando, solamente buscaban libros. Todos los ejemplares que encontraban eran o bien comprados, o bien requisados hasta que los copistas de la biblioteca hacían una copia del mismo. Después el libro quedaba en propiedad de la biblioteca y al propietario se le devolvía la copia. A todo este material requisado se le conocía como “el fondo de las naves”.

Faro de Alejandría. Una de las 7 Maravillas del Mundo Antiguo.

Con el paso de los años el número de ejemplares de la biblioteca crecía a la par que su fama, y todos los eruditos y estudiosos del mundo perdían el juicio por poder visitarla y no es para menos, pues se calcula que en su apogeo la biblioteca tuvo alrededor de 700.000 rollos de papiro y todos traducidos al griego (aunque se respetaba el egipcio, naturalmente).

En poco tiempo la demanda de ejemplares para el estudio fue enorme, pero la entrada a la biblioteca, como es natural, estaba muy restringida. Apenas unos cuantos sabios, copistas y traductores tenían acceso libre a su interior. Esta demanda tan brutal hizo que los Ptolomeos encontraran una forma de auto financiar la biblioteca: quien lo deseaba podía tener una copia hecha por sus excelentes copistas del libro que gustase, y no eran precisamente baratos. Es bastante probable que, gracias a esta forma de financiación, algunos de los libros que había en la biblioteca hayan logrado llegar hasta nuestros días, pues los encargos durante muchos años fueron muy numerosos.

Reconstrucción exterior del complejo donde se ubicaba el Museion y la Biblioteca de Alejandría

Pero debemos reconocer que la dinastía Ptolemaica también quería compartir con el resto del pueblo parte del conocimiento de la biblioteca y para ello fundaron una segunda biblioteca de libre acceso para quien lo desease: la “biblioteca hija”, situada en el Serapeo. El Serapeo (Serapeum) era templo dedicado al dios Serapis. Este era un dios sincrético creado por Ptolomeo I que mezcla la esencia de los dioses griegos y egipcios, una jugada hecha para contentar a todos los habitantes de Egipto que salió realmente bien. El edificio estaba situado en el barrio pobre de Alejandría, bastante alejado de la biblioteca principal, en donde no menos de 40.000 rollos (hay historiadores que dicen que muchos más) estaban a disposición de los visitantes. Dentro de un rato volveremos al Serapeo, pero sigamos.

El hecho inaudito de tener tal cantidad de conocimiento disponible en un mismo lugar no tardó en hacer efecto, y en un periodo relativamente corto de tiempo el avance en todos los campos del conocimiento humano dio un salto cualitativo y cuantitativo enorme. La biblioteca se convirtió en un templo de la sabiduría y la investigación, sin duda la primera universidad del mundo. Un buen número de eruditos comenzaron a trabajar para el imperio Ptolemaico y gran parte de ellos comenzaron a llegar a conclusiones y descubrimientos que, a día de hoy, cuesta creer. Como por ejemplo los que hizo Eratóstenes de Cirene.

Eratóstenes de Cirene enseñando en Alejandría. Una pintura de Bernardo Strozzi. Fuente: Musée des beaux-arts de Montréal

Este sabio fue nada menos que director de la biblioteca durante años y, a la par, uno de sus estudiosos más prolíficos. Tras empaparse de muchos de los libros sobre astronomía, una de sus grandes pasiones, Eratóstenes inventó el astrolabio, que se utilizó en todo el mundo sin descanso hasta el Siglo XVII. Fue también el primer ser humano en demostrar que la tierra era redonda. Lo hizo tras leer el relato de un manuscrito de la biblioteca, en el que se hablaba sobre la forma en la que las sombras de unas columnas iban menguando hasta desaparecer al mediodía en un emplazamiento al sur de Alejandría. Sobre esta observación intrascendente para muchos, Eratóstenes se preguntó si en Alejandría ocurriría lo mismo a la misma hora y simplemente, con la ayuda de unas varas, comprobó que no. Esto le llevó a deducir que la tierra no podía ser plana y al percatarse de esto, con unos simples cálculos matemáticos, fue capaz en poco tiempo de medir la circunferencia de nuestro planeta con un error de apenas trescientos kilómetros. Os animamos a descubrir esta anécdota en profundidad.

Pero no fue Eratóstenes el único genio que trabajó en esta biblioteca. Grandes eruditos como Aristarco de Samos, el primer hombre que descubrió que la tierra giraba alrededor del Sol (¡1700 años antes que Copérnico!); Hiparco, el genio de la astronomía; Euclides, el gran pensador de la geometría, Dionisio de Tracia, definidor de las partes del lenguaje; Arquímedes, padre de la mecánica… Hay muchísimos más igual de relevantes, pero sirvan estos genios para hacernos una idea de la magnitud de la sabiduría que orbitaba alrededor de la biblioteca. Además, debemos destacar que muchos de estos sabios no se limitaban al estudio si no que también fundaban centros de estudio, como el de Euclides y muy especialmente el de Erófilo, primer fisiólogo que identificó al cerebro como centro de la inteligencia, y que dirigía una escuela en la que se hacían disecciones de cadáveres humanos, cosa prohibida por los dioses en Grecia, pero consentida en Egipto por su tradición de embalsamar los cuerpos. Como veis, los Ptolomeos no ponían trabas al estudio.

Aristarco y su método geométrico para calcular la distancia de la Tierra, el Sol y la Luna.

Ahora, para no extendernos demasiado, veamos como la biblioteca se fue consumiendo lenta pero inexorablemente. El primer varapalo fue en el año 48 a. C. y de todos los que se llevó posiblemente sea el más famoso.

Cleopatra VII (la buena, la fetén) era entonces la reina y faraón de Egipto, pero en estos años Egipto era ya una provincia del imperio romano. Con todo, Julio César había rendido sus armas a los encantos de la reina, muy especialmente a los intelectuales. Probablemente no era para menos, pues hay textos que nos dicen que Cleopatra era una de las estudiosas más asiduas de la biblioteca. De hecho, es sobradamente conocido que fue la primera gobernante de los Ptolomeos que hablaba el egipcio con fluidez (no olvidemos que los Ptolomeos eran una estirpe griega) y se cuenta incluso que la faraón pudo haber escrito uno o varios libros que, desgraciadamente, se han perdido. Pero vamos al tema, que me disperso: Cleopatra estaba inmersa en una guerra con su hermano Ptolomeo XIV (guerras Alejandrinas) en la que, naturalmente, César se puso de su lado. Pero Ptolomeo contaba con una flota temible y no tardó en sitiar en el palacio de la ciudad a Cleopatra y Julio. Se cuenta que César tenía sus barcos en el puerto de Alejandría y, en una maniobra inédita y bastante arriesgada, decidió plantarle fuego a su propia armada para que éste se propagase a la flota de Ptolomeo para poder liberarse así del sitio a la ciudad. La estrategia salió bien a medias, pues el fuego se propagó también a los muelles y después a la parte más próxima de la ciudad. Tanto Séneca como Plutarco afirman que la biblioteca quedó casi destruida en este suceso, sin embargo pocos años después Estragón (al que debemos buena parte de la información histórica que tenemos de la biblioteca) visitó Alejandría y en sus textos nos cuenta que la biblioteca estaba en perfecto estado, tanto que le causa muy grata impresión, con lo cual hay estudiosos que suponen que lo que se quemó pudo ser un almacén del puerto que contenía libros copiados, los de la financiación de la que hablamos antes, para llevar a varias ciudades a lo largo del Mediterráneo.

Grabado representando el incendio provocado durante la guerra entre Cleopatra y su hermano. Foto: AKG / Album

Pero en realidad la biblioteca de Alejandría pasó muchos momentos difíciles a lo largo de los siglos, especialmente cuando la dinastía Ptolemaica terminó con el famoso suicidio de Cleopatra en el 30 a. C.

Sin la protección de los herederos de Alejandro Magno, el declive del Museion en su conjunto era inevitable. El imperio romano no carecía de inquietudes culturales, pero la biblioteca constaba esencialmente de libros en griego y ahora el idioma dominante en el mundo era el latín, con lo cual el griego pasaba a un segundo plano de interés. Aun así el imperio romano siguió cuidando durante un buen puñado de años de la biblioteca, pero los enormes y cada vez más abundantes problemas de Roma sacudían la estabilidad de la institución. Recordemos que Egipto todavía era una provincia romana, y cuanto más sufría el imperio, más ataques sufría Alejandría. Se presume que soportó hasta al menos tres incendios debido a diversas guerras contra Roma. Pero hubo algo que condenó al Museion más que las guerras: alrededor del año 210 el emperador Caracalla cortó definitivamente su financiación estatal. Esa fue quizá la auténtica puñalada en el corazón, por encima de los incendios, saqueos y terremotos que sacudieron la ciudad a lo largo de los años. Sin financiación los copistas dejaron de copiar, los traductores de traducir y los eruditos de estudiar. Así, poco a poco, se supone que la biblioteca desaparece, entre unas cosas y otras, en una fecha indeterminada… pero recordemos que todavía nos queda el Serapeo.

El Serapeo también sufrió varios incendios, pero durante muchos años continuó dando cobijo a las ciencias. En él todavía sobrevivían decenas de miles de rollos y un grupo de estudiantes y eruditos entre los que destacaba Hipatia de Alejandría, mujer libre, científica, filósofa y matemática de prestigio. Pero lo que no pudieron todos los males acontecidos hasta la fecha, lo pudo el fanatismo religioso. En el año 391, los cristianos partidarios del obispo Teodosio asaltaron el Serapeo por ser un templo pagano. Ante la furibunda resistencia de Hipatia a este saqueo, la turba cristiana (que ya le tenía muchas ganas por ser quien era) la asesinó, desollando su piel con conchas marinas. Tras la tortura, para más humillación, quemaron su cuerpo para que no quedara rastro de ella. La película Ágora, de Alejandro Amenábar, trata sobre los últimos días antes de estos acontecimientos.

En definitiva, casi de repente, en una especie de derrame cerebral masivo mundial, la ciencia dejó de ser necesaria e interesante para volverse incómoda e indeseable. Hubo un cambio en la mentalidad global, en gran medida provocado por los fanáticos: con la palabra de Dios todo era más que suficiente. No era necesario dudar ni preguntarse nada. Y si alguien tenía la necesidad de dudar, se le aplicaba el mismo trato que a Hipatia, y santas pascuas. Así cundía el ejemplo y a los demás se les quitaban las ganas de pensar. La nueva religión dominante extendió un manto de oscuridad sobre la evolución humana durante un milenio. Pero no hagamos caer exclusivamente todas las culpas sobre los cristianos, porque después llegó el islam para rematar lo que quedaba de la biblioteca pues, aunque parezca mentira, algo de vida todavía le quedaba.

En el año 617, Alejandría fue arrebatada a los bizantinos por los herederos de los persas. Cuando el victorioso general musulmán se encontró con un montón enorme de rollos de papiro y pergamino, se quedó perplejo y escribió al califa para preguntarle que hacer con ellos, pues una buena parte de los musulmanes eran muy respetuosos con el conocimiento y los textos religiosos. No era el caso de este califa. Su respuesta ante la pregunta fue: “Si lo que pone en esos textos concuerda con el libro de Alá podemos prescindir de ellos, pues con el Corán es más que suficiente. En caso contrario, con mas razón debemos destruirlos. Así que puedes quemarlos todos.”

Sin más, el general procedió a quemar aquellos miles y miles de rollos de papiro en los hornos que alimentaban a los baños públicos de la ciudad. Quizá sea un mito, pero algún texto cuenta que la cantidad de tomos que todavía quedaban en la biblioteca alimentaron durante seis meses las termas de la ciudad. Así, calentando aguas para lavar la inmundicia humana, una gigantesca parte del conocimiento adquirido por nuestra especie durante siglos y siglos de estudio desaparecía para siempre bajo un velo de oscurantismo.

Es bastante probable que todavía estemos pagando ese precio sin saberlo.

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