Ser recordados tras morir ha sido siempre una de las grandes obsesiones para el ser humano, y este se lo ha ganado a pulso. Hoy, cuando faltan pocos meses para celebrar el 200 aniversario de su nacimiento, vamos a rememorar parte de la vida de uno de los personajes más especiales que ha dado nuestra especie: Heinrich Schliemann.
El pequeño Heinrich nació en Neubukow (Mecklemburgo) el 6 de enero de 1822 en el seno de una familia humilde. Su madre, Teresa, murió siendo este muy joven mientras daba a luz a su noveno hijo. Su padre, Ernst Schliemann, era un pastor protestante a quien la palabra de Dios no lo había hecho impermeable ni a la bebida ni a la brutalidad. Con todo, el pastor era un hombre bastante culto y fue esa cultura la que hizo germinar en su hijo la semilla de todo lo que llegaría a conseguir en la vida. Todas las noches, en lugar de los típicos cuentos clásicos que otros progenitores contaban a sus vástagos, el buen pastor narraba a su numerosa prole las hazañas y aventuras de los grandes mitos clásicos griegos y, especialmente, los dos grandes poemas homéricos: La Iliada y La Odisea. Nuestro protagonista era, de todos los hermanos, el que con más entusiasmo escuchaba.

Según nos cuenta el propio Heinrich en su autobiografía, a los siete años su padre le regaló un libro de historia universal en el que, en el capítulo dedicado a la historia clásica, había un grabado representando la huida de Eneas y su familia de una Troya saqueada y en llamas, lo que viene siendo el principio de la Eneida de Virgilio con todo lo que representa para el inicio de las leyendas de Roma y, por ende, de buena parte de nuestra propia cultura. Dicho grabado le causó una impresión tan honda que ya nunca le abandonaría en toda su vida. Cuando el niño preguntaba a su padre por los grandes guerreros de la Iliada y sobre el enclave de la ciudad, este le aseguraba que la historia de Troya no era más que un mito y que seguramente la ciudad nunca había existido. Pero el pequeño Heinrich comenzó a fraguar en su mente una idea que, de ser otra persona cualquiera, nunca pasaría de ahí: “Yo encontraré Troya” le dijo.
Aquí tenemos que hacer un pequeño inciso, pues debéis saber que la autobiografía de Schliemann está plagada de (seamos extremadamente amables) “licencias épicas”. Los estudiosos sobre su figura han demostrado que Heinrich exagera, modifica o directamente miente cuando habla de algunas fases de su vida para “homerizar” su persona mucho más de lo recomendable. Pero toda esta cantidad de inventos novelescos no restan méritos a quien fue este personaje, así que, en nuestro ejercicio de documentación intentaremos acercarnos a la verdad histórica, pero respetando también los deseos del alemán de darle un poco de ficción y epopeya al asunto.
Heinrich empezó a estudiar en el Instituto de Neustrelitz dando muestras de una gran inteligencia pero, por desgracia, cuando tenía catorce años el gusto por el bebercio y otro ramillete de vicios del pastor pusieron a la familia en serios aprietos económicos. Se vio obligado a abandonar los estudios y se puso a trabajar en una tienda de ultramarinos en donde aprendió el oficio durante unos años, pero he aquí que el destino tiene curiosas formas de manifestarse. En este caso, el “click” definitivo para Heinrich, según cuenta en su autobiografía (ejem), fue la entrada en escena de un molinero que otrora también fuera un pastor borrachín (vaya tela con los curas), que se presentó en la tienda para beber y recitar más de cien versos de Homero en griego. A pesar de no entender una palabra, el ritmo cadencioso e hipnótico en las palabras del molinero hizo que Heinrich se propusiera no parar hasta aprender griego.
Con dieciocho años, tras sufrir un accidente en la tienda, decidió dejar su trabajo y embarcar como grumete rumbo a Venezuela, pero el barco en el que viajaba naufragó en medio de una tormenta. Muchos murieron salvo Schliemann y alguno más. De hecho, cuenta que tuvo tanta suerte que una de las poquísimas cosas que se salvó del naufragio fue su maleta con todos sus libros y documentos, casi un presagio.
Tras este notable contratiempo, decidió trasladarse a Amsterdam, donde consigue trabajo en una oficina, primero como mozo del correo y más tarde como contable, y allí empezó a demostrar que el tío era un verdadero prodigio para los negocios. No tardó en empezar a acumular dinero y a subir peldaños en dicha empresa, adquiriendo más responsabilidades y, no contento con todo ese trabajo, se dedicó a explotar su enorme talento para los idiomas y estudiar hasta dominar, como se había prometido, el griego clásico y seis lenguas más: francés, inglés, italiano, ruso, latín y griego moderno. Tenía en ese momento alrededor de veintidós años pero, a lo largo de su vida, llegaría a manejar hasta dieciocho idiomas de los cuales alguno de ellos, como el ruso (¡¡EL RUSO!!) lo aprendió en seis semanas con un método que, desgraciadamente, se llevó a la tumba.
Esta facilidad para las lenguas consiguió que fichara por una importante empresa que lo trasladó a San Petersburgo. Allí continuó medrando. En pocos años se independizó por su cuenta y, tras visitar los Estados Unidos en plena fiebre del oro, fundó una lucrativa empresa de reventa de polvo del precioso metal. Estaba desatado y amasaba más y más dinero, pero, mientras tanto seguía con su afición y no paraba de leer, viajar y visitar museos, como el Británico.
Durante esos años, Schliemann continuó aumentando sus negocios sin descanso (armas, acero, azúcar…) es por ello que en este momento dejaremos de hablar de sus finanzas, que son demasiado numerosas y no tan interesantes, para centrarnos en su verdadera pasión, lo que él realmente amaba y nos legó.
Quedémonos simplemente con que estaba forrado y que escogió unos testaferros de su confianza que le llevaron las cuentas sin arruinarlo.

Pero, antes de meternos en harina del todo, hablemos muy brevemente de su vida familiar. En 1852, durante su estancia en Rusia, se casó con Ekaterina Lishin, con la que tuvo tres hijos. Se divorciaron en 1869, en parte porque Ekaterina no compartía sus pasiones ni soportaba el modo de vida agitado y nómada de Schliemann, pues durante todos esos años de matrimonio él seguía viajando por medio mundo. Para esto, el alemán tuvo que hacerse ciudadano norteamericano, porque en aquellos tiempos no era cosa sencilla separarse legalmente en Europa y solo en el estado de Indiana era posible hacerlo con rapidez.
Tras el divorcio se fue a París y comenzó, por fin, a estudiar en serio Ciencias de la Antigüedad en la Sorbona. Mientras tanto, continúa aprendiendo idiomas, en esta ocasión de la vertiente oriental, pero no tarda demasiado en sentirse un poco solo y decide que necesita compañía, pero esta vez quiere, sobre todas las cosas, que su pareja comparta su pasión. Para encontrar a alguien tan específico, utiliza un método más que cuestionable en nuestros días: pone un anuncio en la prensa. Hay también quien dice que es un antiguo amigo sacerdote que conoció en Rusia, el que le pone en contacto con su sobrina en este proceso (¡madre mía, los curas!). En realidad, cualquiera que sea la verdad es bastante truculenta, pero lo que sí es cierto es que Heinrich termina por elegir a la joven Sofía Engastromenos, no tanto por su belleza como por su enorme gusto por Homero, sus conocimientos sobre Grecia y por su sinceridad. De hecho, cuentan que cuando Schliemann le pregunta a la joven por su interés en casarse con él, esta le responde “porque mis padres dicen que es usted rico”.
No es baladí dedicar esta mención a la figura de Sofía, pues a partir de este momento será su compañera, cómplice (en el sentido literal) y acompañante en todas sus aventuras y excavaciones.

Ahora, por fin, llegamos al meollo del asunto. Un año antes del divorcio con Ekaterina, Heinrich había viajado a Grecia para visitar un lugar emblemático para todos los aficionados a la cultura clásica: la isla de Ítaca, cuna y reino del gran héroe homérico Odiseo (Ulises, para los romanos). Allí realizó unos trabajos menores, con hallazgos discretos, pero que le ayudaron a mejorar su destreza como investigador y a aprender cómo dirigir una excavación. Pero hay otra cosa muy importante para nuestro relato en lo que a este viaje se refiere, y es que allí Schliemann conoce a Frank Calvert.
Calvert era el vicecónsul británico de los Dardanelos, en Turquía y casualmente era otro grandísimo aficionado a los clásicos homéricos. Al igual de lo que Schliemann llevaba predicando toda su vida, Calvert también estaba convencido de que, leyendo con atención todos los textos antiguos sobre el tema, se podía situar el emplazamiento de la ciudad de Troya con bastante exactitud. Del mismo modo que Heinrich y tras mucha lectura, Frank llegó a la conclusión de que era muy probable que el emplazamiento perdido de Troya estuviera en el antiguo estrecho del Helesponto, lo que es hoy el estrecho de los Dardanelos. Era tan grande el convencimiento del vicecónsul, que adquirió algunos terrenos en la colina de Hisarlik, emplazamiento que creyó más probable para la ubicación de una ciudad en dicha zona, y en la que había realizado pequeñas excavaciones durante siete años, aunque sin éxito.
Pero Heinrich no era Calvert. Tenía mucha más determinación y mucho más dinero que el británico, así que, espoleado por el inglés (aunque en sus memorias por este tema pasa de puntillas), le compró al gobierno turco todos los terrenos que pudo de la colina y se dispuso a trabajar.
Hay que decir que el gobierno otomano cedió a los deseos del alemán, pero con la única condición de que el 50% de lo que se encontrase en la excavación debía ser para el patrimonio del país. Heinrich aceptó las condiciones y contrató para esta empresa nada menos que ciento cincuenta hombres, entre ellos un prestigioso arquitecto alemán. Había llegado el momento que había soñado durante toda su vida. Era 1870 y la búsqueda de Troya comenzaba.
La excavación de Hisarlik fue la primera de una envergadura tan enorme en la historia, por eso Schliemann y sus hombres no fueron, ni de lejos, lo escrupulosos que son hoy los arqueólogos profesionales; las prisas y la desproporción en las formas hicieron que, probablemente, una buena parte del yacimiento fuera destruido y esto le trajo grandes críticas de buena parte de la comunidad científica del momento y también de la actual. Con todo, la formación académica de este proto arqueólogo también le ayudó a hacer bastantes cosas bien como, por ejemplo, clasificar con mimo, con la ayuda omnipresente de Sofía, los primeros restos de cerámicas y armas encontrados o saber distinguir, con muchísimo asombro por su parte, que en realidad no había una Troya, sino nueve. Nueve ciudades distintas, una sobre otra, estrato sobre estrato, a lo largo de tres mil años de historia: desde la temprana edad de piedra, hasta el muy tardío imperio Romano. Heinrich identificó el segundo nivel como la Troya Homérica, aunque los estudios posteriores la han situado realmente en el sexto nivel, datado en el siglo XIII a.C.
En cierto modo, le pese a quien le pese, Schliemann sentó algunas de las bases de la arqueología moderna. Pero como a estas alturas ya sabréis, nuestro hombre era alguien muy particular y terminó por hacer las cosas a su manera, no menos particular.
Nos cuenta en su autobiografía, (que por cierto, hay una escrita por él, pero hay una segunda que es una publicación póstuma gracias al empeño de su mujer, compuesta por todo lo escrito por el alemán en sus diarios personales) que con el paso de los meses y, a pesar de haber descubierto la ciudad, el hecho de no ser capaz de encontrar ni sus grandes murallas, ni el palacio de Príamo, ni la tumba de Aquiles, le frustraba terriblemente. Por esa causa, el 15 de junio de 1873 decide abandonar la excavación, no sin antes dar un último y melancólico paseo junto a Sofía alrededor de la ciudad poco después de amanecer y, he aquí que justo antes de terminar el paseo, un destello entre los escombros gracias a la luz del sol naciente, llama su atención. Al remover la tierra, comienzan a sacar todo tipo de objetos de oro, plata y bronce. En ese momento, tras consultarlo con Sofía, opta por darle fiesta a todos sus trabajadores, y ambos se encargan de sacar aquel enorme tesoro para guardarlo en su cabaña. Ahí, tras limpiar las joyas de polvo y barro, engalana a su esposa con las más espectaculares y le dice “verdaderamente eres la reencarnación de Helena de Troya”, tomando una foto de ella que pasará a la posteridad. No duda Schliemann en afirmar a los cuatro vientos que este tesoro era el auténtico tesoro que el rey Príamo escondió a los pies de la muralla, cuando los Aqueos tomaron la ciudad de Troya con el conocido ardid del caballo.
En realidad, en poco tiempo la fantasía de Schliemann queda en evidencia al descubrirse que, por ejemplo, las joyas se fueron encontrando a lo largo de meses de excavación, en varias localizaciones distintas (entre ellas una importante necrópolis a las afueras de la ciudad) y por trabajadores diferentes, o que ese famoso 15 de junio la propia Sofía estaba dando sepultura a su padre en Atenas.
Así era Heinrich: lo mismo te descubría una ciudad legendaria que después le daba ese arrebato de “Antoñita, la fantástica” para arruinarlo todo. Pero sigamos un poco más, porque todavía queda miga.
La noticia del hallazgo del tesoro no tardó en correr de boca en boca y el gobierno turco se apresuró a reclamar la mitad convenida del mismo, pero Schliemann se negó y puso pies en polvorosa hacia Grecia con la totalidad de las piezas. Era de sobra conocido por todos que Grecia y Turquía no se soportaban pero, contra todo pronóstico, cuando el asunto llegó a los tribunales griegos el juez vio el caso tan flagrante que falló a favor de los otomanos. Schliemann, indignado, se negó a entregar nada. Pagó al gobierno turco cincuenta mil francos en compensación y cedió algún objeto menor del hallazgo, pero como la justicia griega le ordenaba entregar la mitad, tal como habían estipulado , nuestro protagonista cogió las joyas y se marchó a Alemania siendo recibido con los brazos abiertos. En agradecimiento, Heinrich legó a su madre patria el tesoro a perpetuidad con la condición de que nunca lo separaran y así, el tesoro de Príamo estuvo más de setenta años expuesto en el museo de Prehistoria de Berlín.

A día de hoy el tesoro está expuesto en el museo Pushkin de Moscú. De como el tesoro de Priamo viaja de Berlín a Moscú y después desaparece misteriosamente durante cincuenta años, hasta 1993, es otra entretenida historia que os animamos a descubrir por vuestra propia mano.
Tras este espectáculo, es evidentemente que Heinrich ya no puede volver a excavar en Turquía nada que no sea su propia tumba, pero en realidad nuestro héroe ya tenía otra cosa en mente.
Si ya había excavado en la Ítaca de Odiseo y había descubierto Troya, Schliemann entendió como paso natural irse a Micenas, la patria del comandante de la flota de los Aqueos, Agamenón. Y para ello puso, una vez más, toda su fe en un escritor clásico del siglo II: Pausanias. Y decimos que puso toda su fe porque, teóricamente, de Micenas ya se conocía todo, como por ejemplo la archifamosa Puerta de los Leones, las murallas y algunos restos más. Pero Heinrich recordaba haber leído claramente en los textos de Pausanias que dentro de la ciudad se conservaba la tumba de Agamenón. Allí se plantó, con su determinación habitual, y no tardó en percatarse que los antiguos habitantes de Micenas habían hecho una ampliación de la ciudad. Esta ampliación, naturalmente, contaba con una segunda muralla tras la que se construyeron casas y otros edificios y que, sin embargo, habían respetado una curiosa formación de piedra con forma circular en donde fácilmente se podrían haber hecho otras cosas. Schliemann se dijo “Pausanias no miente, la segunda muralla también forma parte de la ciudad” y, de nuevo, se pone a excavar tras cerrar un acuerdo con el gobierno griego que se muestra encantado, pero le pone un ayudante/vigilante las veinticuatro horas para que Heinrich no tuviese la tentación de hacer la misma jugada que a los turcos.

Pues, nuevamente, el bueno de Heinrich lo vuelve a hacer. Bajo la formación circular de piedras, que nadie había tocado hasta la fecha, encuentra cinco tumbas con unos veinte cadáveres. Junto a ellos, numerosas riquezas: piezas de oro, bronce, ámbar y marfil. Pero entre todas esas joyas seculares destacaba una enorme máscara funeraria de oro, con unos rasgos realmente curiosos. Como imaginaréis, le falto tiempo a Schliemann para asegurar que esa era, sin duda, la máscara funeraria del propio rey Agamenón y, aunque una vez más el alemán se precipitó en sus declaraciones e incluso hay quien duda de la autenticidad de la máscara, no hay ni que decir que el hallazgo fue un bombazo mundial. La leyenda cuenta que Schliemann llama al rey de Grecia y le dice: “Majestad, he encontrado a vuestros antepasados”. Sea como sea, era evidente que Heinrich Schliemann estaba tocado por los dioses de la antigüedad y desde ese momento se convirtió en una de las personalidades más importantes de su tiempo. Tan importante, que incluso los turcos recogieron cable y le permitieron volver a investigar en Troya, pero él no se detuvo ahí. Heinrich continuó trabajando en emplazamientos distintos e hizo importantes descubrimientos en Orcómeno y Tirinto, aunque su último gran proyecto se quedó sin realizar. Una terrible infección de oído, y su incapacidad para estarse quieto y reposar, tal como le habían mandado los médicos, lo mató en Nápoles justo antes de que emprendiese su última gran empresa: excavar en Creta, tierra del rey Minos, para encontrar el laberinto del Minotauro.
Hoy Heinrich descansa en el cementerio de Atenas en un mausoleo con forma de antiguo templo griego. En sus paredes, unos grabados en la piedra cuentan todas sus hazañas, del mismo modo que Homero narró las de Héctor y Aquiles. Heinrich Schliemann, todo un personaje. Todo un genio.











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