Armageddon: abnegación o hedonismo

Quizá debido a alguno de esos tipos de mecanismos evolutivos tan anacrónicos como curiosos, la mayor parte de los humanos tengamos la estéril costumbre de planificar nuestro futuro a largo plazo. Lo hacemos con la ingenuidad del que realmente cree que, lo que pueda suceder mañana o la semana próxima, dependiera directamente de nuestra voluntad. Nada más lejos de la realidad.

Si todavía no os ha quedado claro que el más triste de los cantos rodados de un río tiene por delante un futuro más alentador que el de nuestra propia existencia, ya no sólo sujeta a los vaivenes de nuestra salud si no también a los desvaríos caprichosos del azar y a los arrebatos de un entorno a menudo hostil, aquí van un par de divertidas anécdotas que ya han acontecido en la historia reciente de la humanidad y que muy probablemente se puedan repetir. Lo hacemos con un fin puramente didáctico, por si queréis replantearos comprar ese coche, tener la parejita o pedir esa segunda hipoteca antes de pensar realmente que hacer con los años (o meses) que nos quedan por existir.

Un de las cosas que podrían suceder mañana mismo, y que haría del confinamiento pandémico un paseo por el campo, es lo que se denominó, en honor a su descubridor, como Evento Carrington.

Richard Carrington fue un astrónomo inglés, pionero en el estudio del Sol, que a finales del verano de 1859 se hallaba estudiando las manchas que posee la superficie solar junto a un colega. Con el paso de los días fue comprobando con asombro como estas iban aumentado considerablemente de tamaño hasta que, el 1 de Septiembre, observó perplejo como el astro expulsaba dos gigantescas olas de masa coronal hacia el espacio. El fenómeno cesó a los pocos minutos, pero el impacto de esas llamaradas en nuestra magnetosfera y sus consecuencias se sintieron en nuestro planeta unas diecisiete horas después.

Para la posteridad quedaron documentadas auroras boreales en países tan imposibles para estos fenómenos como España o Australia, debidas precisamente al modo en que esas llamaradas comprimieron el campo magnético de la Tierra. Pero eso fue, digamos, la parte más hermosa del evento. La otra es que toda la red telegráfica del planeta se vio afectada en mayor o menor medida (hay incluso casos documentados de conmociones físicas en telegrafistas) y alguna de las líneas tardó meses en volver a funcionar con normalidad.

Hoy en día no tenemos telégrafos, pero los cerebros que trabajan en la posibilidad de un nuevo y próximo Evento Carrington, auguran unas consecuencias infinitamente más catastróficas. Lo primero en caer serían las redes eléctricas y, tras ellas, los sistemas de radio, los GPS y, por supuesto, internet y sus derivadas: el caos absoluto soñado por el Joker garantizado durante días, semanas o incluso meses. Y aunque afortunadamente no es muy probable, es perfectamente posible. Para muestra este artículo, no de la revista Año Cero de el señor ese de los Iluminatis, si no de Nature Scientific Reports en el que calculan que las posibilidades de una eyección de masa coronal desde nuestra estrella son de alrededor de un 2% para esta década. Pero mantengamos la calma, pues los gobiernos del mundo ya se han preparado ante esta eventualidad con la eficacia que les caracteriza, y pasemos a la siguiente divertida anécdota que nos lleva un poco más hacia adelante en la línea temporal.

(Voz profunda de narrador curtido en mil doblajes)

Tunguska, Siberia, 30 de Junio de 1908. Un bólido estelar que medía entre 50 y 190 metros, detonó en el aire (deducción a la que se llega al no encontrarse ni rastro de un cráter) en una zona prácticamente deshabitada de la taiga Siberiana oriental matando al menos a tres personas. Un regalo, si lo comparamos con lo que pudo haber ocurrido si este fenómeno se hubiera producido en una zona más habitada o cerca de una ciudad. A pesar de que hace más de un siglo de la explosión, multitud de estudios geológicos y evaluaciones de daños, realizados posteriormente por científicos soviéticos mandados por Lenin a partir de 1921, calcularon que el meteorito estalló entre los 5 y los 10 kilómetros de altitud arrasando, aun así, una superficie de 2.150km cuadrados. Aplastó unos 80 millones de árboles. La explosión fue de una magnitud tal que las crónicas cuentan que provocó temblores, hizo caer a la gente al suelo y rompió cristales a más de 400 km de distancia. El estallido se sintió en casi todo el planeta y, durante días, sus efectos lumínicos se pudieron comprobar con asombro en los cielos nocturnos de multitud de ciudades.

Decenas de hipótesis se han lanzado sobre lo que pudo haber ocurrido aquel día en Tunguska, desde que era un asteroide compuesto por hielo (por la dicha ausencia de cráter) e incluso la posibilidad de que fuese un extraño meteorito de antimateria y, todavía a día de hoy, continúa especulándose sobre este suceso hasta el punto de que incluso una teoría del año pasado afirma que pudo haber sido la entrada y posterior salida de la atmósfera de un enorme meteorito compuesto principalmente por hierro. Fuese lo que fuese, posiblemente, de haber impactado contra el firme, hubiera sido un evento ligado a la extinción de la vida en el planeta.

Estos dos casos son solo un par de anécdotas bastante conocidas de un pasado reciente, pero debemos tener presentes muchas más posibilidades de morder el polvo sujetas al antojo de nuestro orbe. Demos, por ejemplo, un enorme salto de 3600 años en el tiempo para recordar la erupción del Santorini, que acabó con la civilización Minoica, causó un cambio climático y dio pie al mito de la Atlántida y recordemos que hay unos cuantos súpervolcanes a punto de caramelo en nuestro planeta, especialmente los de Yellowstone, el Vesubio o el Krakatoa, que provocarían un invierno en todo el planeta durante años.

O pensemos también en la falla de San Andrés. Dicen sus estudiosos que ya lleva más de 150 años de retraso para darse un meneo al que denominan “Big One” y que, calculan, dañará muy seriamente, la ciudad de Los Ángeles en la menos dañina de las hipótesis planteadas (hay que tenerlos cuadrados para seguir viviendo ahí).

En fin, a lo que vamos con esta serie de catastróficas posibilidades es que, por nuestra propia salud mental, no es aconsejable vivir con un miedo perpetuo a que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, pero hay que tener muy presente que durante estos cuatro suspiros que respiramos, vivimos en el alambre. ¿Acaso no es mejor entregarse de cuando en cuando al hedonismo, en lugar de vivir perpetuamente entre el sacrificio, la abnegación y Amazon?

Gracias por su atención, me voy a trabajar.

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